Un cuento de Navidad
- ¿Qué día es hoy, mamá?
- ¡Qué preguntas, hijo! Hoy es veinticuatro de diciembre.
El niño se dejó arrastrar por su estresada madre, que recorría la calle esquivando a todos los que se interponían en su camino con increíble destreza. La nieve caía lentamente sobre la ciudad, decorando el escenario urbano y asemejándolo a una ciudad del Norte, ésas en las que los osos polares se pasean tranquilamente y los pingüinos esperan pacientemente a que el semáforo se ponga en verde para cruzar la calle. Diego no es que se dejaba llevar fácilmente, y a cada esquina que aparecía, se detenía, albergando la ligera esperanza en su interior de que por alguna de las bocacalles surgiera uno de estos animales, soltarse de la mano de su sufrida progenitora y jugar con ellos, incluso cabría la posibilidad de irse con ellos, ¿por qué no?
- Hoy es Nochebuena, murmuró el niño, esforzándose para que su voz se oyese a pesar de la tupida bufanda que abrigar su cuello de los gélidos vientos invernales.
- Ya empezamos? - dijo la madre, sin frenarse -. Siempre inventándote historias, ¿me quieres explicar ahora qué es la Nochebuena, Diego?¿Una fiesta de las hadas para celebrar que nadie menos tú las ha visto?
Diego resopló fuertemente, mostrando su descontento, y con una voz que simulaba indiferencia, respondió:
- No, mamá, no. Hoy, hace muchos cientos de años, una noche como ésta, nació en un pueblo muy lejano un niño con el mismo nombre que papá.
- ¿Jesús?¿Se llama así el niño de tu historia?
- Sí, mamá, se llama así, Jesús. Y fue llamado el hijo de Dios. Y entonces la gente celebra su nacimiento y cenan y comen todos en familia y se dan regalos y se dedican palabras bonitas y se envían postales, todo esto en unos días que se llaman Navidad. ¿A qué mola, mamá?
La madre bufó, y deteniéndose delante de un escaparate, dijo, sin mucha motivación:
- ¿Y qué fue lo que hizo ese hijo de Dios para tanto jolgorio?¿Salvó el mundo de una amenaza horrible?
- Algunos creen que sí?
- Creen, creen? ¿Cuántas veces te habré dicho que en este mundo no vale creer, Diego, no vale creer?
Diego ocultó su cara entre la bufanda y su gorro, y no respondió. Su madre, le dedicó una suave caricia en la ligera porción de mejilla que toda su ropa de abrigo dejaba al descubierto.
- Tranquilo, cariño. Todos hemos tenido estas fantasías, cuando crezcas ya te darás cuenta de que no eran más que cuentos e historias ? Diego seguía escondiendo su cara, y no hizo gestos de aceptar los cariños de su madre -. Ay, que ya se enfadó mi pequeñín. Mira, hay ahí una tienda de gominolas ? añadió la madre señalándolo efectivamente a un quiosco de dulces -. ¿Qué tal si entro ahí y te compro una sorpresita?
Diego no pudo reprimir una sonrisa, y con un asentimiento de cabeza, mostró su aprobación del plan. La madre lo volvió a coger de la mano y, sin apenas tener que arrastrarlo, lo guió hasta la puerta del establecimiento. Allí, lo soltó, y le dijo seria, pero sonriendo, que esperara ahí fuera mientras ella le compraba algo. Diego asintió con la cabeza, y se apoyó obedientemente en la luna del escaparate. Su madre le dirigió un guiño cariñoso, y se internó en la tienda.
Diego observó a la gente pasar: desde viejecitas con bastón, a una mujer que cargaba con dos niños (uno a cada brazo), dos jóvenes que se besaron apasionadamente delante del niño y que no pudieron evitar reírse al ver la cara de estupefacción del crío, una mujer ataviada con un abrigo de pieles que se mimetizaba de una manera espectacular con el pelaje del minúsculo perro que trotaba alegremente a su lado, un hombre con traje de corbata y maletín que le recordó en cierta manera a esos pingüinos que aguardaban la luz verde en la acera? Todo le llamaba la atención, y todo merecía por lo menos unos segundos para ser observado. Pero algo pasó que nunca habría sospechado.
Acababan de pasar una pareja de niños que le provocaron auténtica envidia al verlos lamer ávidamente sus piruletas, grandes y de colores variados y llamativos. Ya se estaba comenzando a impacientar por lo mucho que tardaba su madre y ya iba entrar en el local para buscarla, cuando algo lo detuvo y lo dejó boquiabierto.
Un inmenso oso polar, blanco como la nieve y majestuoso en su tamaño se paseaba tranquilo ante sus ojos, seguido por una corte de pingüinos, que con sus andares bamboleantes, le provocaban carcajadas, y justo detrás de esta extraña comitiva, una anciana empujaba un carro de ésos en los que se asan castañas. El niño no se movió un ápice, paralizado ante la imagen. Al pasar por su lado, el oso dirigió sus negros ojos hacia él, y tras un momento de quietud, inclinó sus patas delanteras en una especie de reverencia. Los pingüinos a su vez, levantaron sus alas en señal de saludo. Diego apenas logró sacar una mano de su bolsillo para corresponder a estos saludos con un leve movimiento al más puro estilo real.
La anciana sin embargo se paró a su lado con el carro, y mirándole fijamente, le dijo:
- Veo que crees. Muy bien, muy bien jovencito, y dicho esto, comenzó a coger castañas de su coro, las colocó todas en un cono de papel de periódico y lo depositó en las manos del niño.
- Pero, ¿a dónde van ustedes?, preguntó Diego intrigado ante ese extraño desfile.
- A celebrar la Nochebuena a Belén, hijo, ¿qué íbamos a hacer un día como éste? Si sigues creyendo en ella cuando llegues a mayor, también vendrás con nosotros, y sin decir ni una palabra más, desapareció entra la marabunta de gente que se apiñaba en la calle a esas horas.
- Cariño, ¿qué haces con castañas?, le despertó su madre al salir de la tienda.
- Me las dio una señora que iba a celeb? - frenó y tras pensarlo mejor, concluyó ? que iba vendiendo castañas y me regaló éstas porque me dijo que era muy buen niño quedándome ahí tan quieto sin molesta en nada.
- Así me gusta, un niño bueno ? le dijo su madre rematándolo con un beso -. Pues entonces creo que no vas a querer estas piruletas, ¿no?
Diego emitió una suave risa, y alargó una de sus manos para alcanzar una de los dulces que le extendía su madre. La madre rió a su vez, y dándole uno de los caramelos, le dijo que debían llegar a casa, que ya estaban tardando mucho. Y así se fueron Diego y su madre, comiendo caramelos y castañas alternativamente. Sin embargo, Diego no paraba de mirar atrás. Quizá podía ver otra vez a la extraña comitiva?
¡Feliz Navidad a todos!